Vida,
Curiosidades
y anécdotas de un pastor
Antonio Muñoz Fuentenebro.
“El oficio de pastor es muy bueno de contar, en llegando a una fuente beber agua y mojar pan”
Esto me decía cuando el pan se quedaba duro y no había forma de comerle, pues siendo niño y el mayor de nueve hermanos, busque en este duro oficio la forma de ganar un dinero y aportarlo en casa. Pasado el tiempo seguí en él, ya que formé mi propia familia con seis hijos, a los que tenia que dar sustento.
Recorría caminando el término de Cantalejo, prados, humedales, dunas, lagunas así como Navalayegua, Navalagrulla, el Bermejal, Navalsoto, la Muña, la Cerrada, entre otras muchas, siempre en compañía de mis ovejas y de mis fieles y listos perros, los que con solo escuchar mi voz, obedecían y seguían. A veces cuando pasaba por los pinares parecía acorralarme el canto de los pajaríllos y al oírles creía escuchar
“pastorcillo triste poco pan trajiste, es muy largo el día estira,estira…”
Y si, los días estiraban y pasaban…algunos con horribles y fuertes tormentas que me recordaban el sonido del avión y de la explosión de una bomba que tiraron cerca de nuestro lugar de pasto, levantando tal nube de polvo y humo que hizo que las ovejas se espantaran, teniendo que correr tras ellas para reunirlas de nuevo. Tan mal recuerdo me quedó, que cuando sonaba un trueno fuerte me decía “de esta no salgo”, pero si salía y para celebrarlo me hacía unas ricas sopas de leche y me las comía, ya que mis ovejas daban una sabrosa y exquisita leche, que mi mujer Delfina utilizaba para elaborar deliciosos quesos, que como bien decía “se los quitaban de las manos”. Antes de que estuviesen curados del todo, los tenía vendidos.
En esta aventura de ser pastor, los días de mucho calor, hacían que las ovejas se amurriaran formando un circulo y metiendo las cabezas unas bajo las otras, para protegerse del fuerte sol. Yo también intentaba meter la cabeza donde podía, incluso debajo de la cepa de un patatar.
Pero más duros eran los días fríos, puesto que caían fuertes nevadas y tenía que ir arropado a una manta y con gran cantidad de ropa, para poder así sacar a carear a las ovejas. En una ocasión esto me salvó la vida, ya que cruzando la carretera pasó un camión y no vi venir un coche, de pronto percibí un aire muy frío y sentí un golpe que me hizo pensar… “un coche me ha matado”, en segundos parecía flotar… como soñando…, pero enseguida sentí el cuerpo, no me había hecho nada, tambaleé al incorporarme y cuando mire a la carretera vi como a unos 50 metros, un coche que estaba contra unas vergueras con las ruedas hacia arriba. Me asuste más al verle, que lo que yo podía tener. De él salieron dos hombres a los que tampoco les paso nada.
Pero para anécdota la que me pasó en una laguna pequeña que estaba llena de varas secas de 2 metros de altas, las ovejas no podían beber agua, cavilando muy rápido, observando que si las encendía no se saldrían las llamas de ella, prendí una cerilla y estas comenzaron a arder. Yo daba vueltas para vigilar que no pasara nada, en esto, que empecé a escuchar ruido entre las varas, al acercarme salió de pronto un animal arrastrándose, largo, negro y mojado, que al verle creí que se me paraba el corazón, di tal salto hacia atrás que caí de culo creyendo que era un cocodrilo y me comería una pierna. Pero al percatarme de que se alejaba tan asustado como yo, me tranquilicé, pues era una pobre zorra de cola larga, chamuscada y mojada que corría para salvarse. Yo creo que hasta las ovejas se dieron cuenta y se echaron a reír, pues estos rumiantes como todos los animales tienen sentimientos de los que hay que estar pendientes, como también de sus enfermedades puesto que en muchas ocasiones hay que hacer de veterinario y saber como se les quita un resfriado. Estas sudan mucho y como remedio se les ponía un cordel de esparto, con siete nudos atado al cuello. También se les quitaban las cataratas de los ojos con azúcar y sal. Además teníamos que prevenir las infecciones e inflamaciones de las picaduras venenosas, con las que había que tener gran cuidado, limpiando y desinfectando con Zotal y agua todos lo días, ya que pueden morir, como ocurría cuando comían en abundancia trigo, centeno, hierba con rocío de la mañana… porque se comalecian, (se les podría el hígado), se escagazaban (tenían diarrea), se embargaban (empachaban) y se les hinchaba el vientre de tal manera que podían reventar.
Además de todo esto había que desparasitarlas, entablillarlas las patas rotas, curarlas las heridas de las pezuñas, ayudarlas en los partos, darles de vez en cuando sal gorda, vacunarlas…
Al mismo tiempo el año se podía decir que se dividía en dos etapas; la primera la paridera y después la del esquileo. Terminada esta, se celebraba una gran fiesta entre familiares y esquiladores. Todos teníamos que colaborar, pues menos a los corderos pequeños o lechazos, todas las ovejas pasaban por la afilada tijera.
La manera de saber la edad de la oveja era por su dentadura, ya que cambia dos dientes cada año hasta el quinto, y recibían estos nombres: cordera, borrega, borra, trasborra, y a partir de cinco oveja, considerándola ya vieja.
Y viejas se hicieron mis ovejas y viejo me he hecho yo, pero aun tengo muchas ganas de “bailar la jota” pues en toda mi vida de pastor, solo una vez caí enfermo con las fiebres maltas, y tuvo que ser Cesar mi hijo pequeño, con diez años el que se encargo de sacarlas a pastar. Las ovejas no reconocían su voz ni su forma de silbar, al igual que los perros, por ello, cuando les tiraba el canto, para que movieran de lugar al rebaño, no le hacían caso y él tenia que hacer de pastor… y de perro. Y tan cansado se encontró, que termino quedándose dormido en una cacera y al despertar se dio cuenta que estaba perdido.
A día de hoy, ningún hijo mío ha heredado este duro oficio, lo que me produce una gran nostalgia de todo lo que conlleva, especialmente de mis perros que a parte de ayudarme a conducir el ganado, también eran feroces guardianes tanto del rebaño como del amo y de la misma manera a mis ovejas, que las conocía una por una, como también a sus crías y al sonido de sus cencerros.
Aquellas personas a las que le guste recorrer los caminos y senderos de las antiguas cañadas de las viejas tierras segovianas, descubrirán los bonitos paisajes y a algún humilde y solitario pastor cuidando de su rebaño.
ANA ROSA ZAMARRO
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